MUJERES Siemens

La Fuerza de una Imagen – Mujeres Luchadoras, Mujeres Trabajadoras

Ellas están cambiando; ellos, no

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El precio de la libertad de las mujeres no puede ser la muerte, ni el de la vida la sumisión
Una década de machismo: 658 mujeres asesinadas

“Esa no se iba a salir con la suya… Por mis cojones que si me dejas te mato, le advertí…”. Fue lo que me dijo un maltratador, ya detenido, después de haber cumplido con su palabra…

Cuando se pierde el nexo de causalidad de las cosas, la sorpresa se presenta como resultado, y el resultado se interpreta como un accidente, lo cual es un error.

Los hombres asesinan a las mujeres porque dentro de la relación crean una convivencia basada en la violencia; y crean esa violencia porque su masculinidad los lleva a entender que ellos, como hombres, deben hacerse respetar e imponer el criterio que consideran más adecuado; y piensan de ese modo por una cultura construida sobre la desigualdad que ha situado a los hombres y lo masculino como referencia universal, y a las mujeres sometidas a sus dictados y órdenes. Por tanto, si de verdad se quiere acabar con los homicidios y la violencia de género hay que trabajar, y mucho, para romper con esa identidad en los hombres que lleva a la violencia como forma de conseguir sus objetivos.

Para estos hombres, la violencia no solo les ayuda a imponer su voluntad, sino que además al hacerlo de ese modo los convierte en “más hombres”, por eso asumen las consecuencias de su conducta criminal y se reivindican como hombres al entregarse de forma voluntaria (aproximadamente el 74% lo hace) o por medio del suicidio (un 17% lo comete tras el homicidio).

La sociedad está cambiando, pero los cambios no están siendo los mismos en los hombres y las mujeres. Las mujeres lideran unos cambios que rompen con ese corsé de roles y espacios que les impedía incorporarse en igualdad a la sociedad y disfrutar de libertad e independencia. En cambio, los hombres no cambian y permanecen en esa idea de que “su mujer” debe hacer lo que se espera de ella, es decir, ser ante todo una “buena esposa, madre y ama de casa”. Y cuando intentan imponer ese criterio y la mujer no lo acepta, recurren a un mayor grado de violencia, y cuando este aumento de la violencia también fracasa y la mujer decide no continuar con la relación, se entra en la zona de riesgo del homicidio.

Todos estos elementos están en las raíces de la violencia de género y de los homicidios, por ello hay que abordarlos desde todos los frentes, pero de manera muy directa rompiendo con esa imagen de “más hombre” que la cultura ha creado para el violento. Hay que hacerlo con concienciación, con recursos para que las mujeres puedan salir de la violencia y con educación para prevenir y evitar la construcción de esas identidades violentas… Justo lo que no se está haciendo.

El precio de la libertad de las mujeres no puede ser la muerte, ni el de la vida la sumisión.

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“¿Igualdad? Aquí, desde luego, no”


Quería ser mecánica de motos. Siempre le gustaron. Soñó con formarse, con hacer de ello una profesión, pero aquello no era “trabajo de mujeres” y además en su casa escaseaban los medios. Así que se puso a trabajar desde muy chica. “Empecé con 14 años cosiendo”, cuenta. Desde entonces Mayte Verduras ha recogido fruta, despachado en un almacén, limpiado suelos. Ahora, a los 48 años, tiene dos empleos. Uno a media jornada en una empresa de limpieza. El otro, “las 24 horas del día” cuidando de su hija mayor, Sara, con síndrome de Down y deficiencias graves de visión. La ayuda que percibe del Estado para cubrir las necesidades de la chica apenas supera los 500 euros. Y ese es el único dinero que entra en casa desde hace meses, porque la compañía que emplea a Mayte dejó en octubre de pagar a sus trabajadores, asfixiada por los impagos de la Administración valenciana. “Estamos tirando de los ahorros. No sé cuánto tiempo más podré aguantar porque cada vez nos recortan más las ayudas y la asistencia. Así es imposible vivir, pagar la luz, el gas, los medicamentos… Y todo es cada vez más caro”, se lamenta.

Sin centros de atención a discapacitados, no sería una mujer con hijos, sería solo madre a tiempo completo
La historia de esta valenciana es la de muchas mujeres españolas. Como ellas, Mayte se ha echado la familia y el cuidado de sus dos hijos a la espalda –ella, además, sin el apoyo de una pareja– y sigue adelante. Tratando de esquivar los agujeros que las afiladas tijeras del Gobierno están dejando en los servicios sociales y en la Ley de Dependencia que, además del recorte en el dinero que reciben las cuidadoras familiares, este año ha sufrido otro hachazo del 15% en el presupuesto. Por no hablar de los retrasos para valorar a los dependientes o las dificultades cada vez mayores para lograr el reconocimiento y obtener la ayuda. Como el caso de Sara que, a sus 26 años, tiene reconocida una discapacidad del 77% y necesita compañía constante pero que tras una primera valoración no ha obtenido el grado necesario para recibir la prestación. Mayte percibe una ayuda, pero por cuidado de hijo. Una vez más el tijeretazo en gasto social se ceba con los más vulnerables que, como cuenta esta mujer ágil y vivaz, afrontan como pueden la subida de los copagos sociales.

“Y ahora tengo miedo de que recorten más en el centro al que va la chica o que se quede sin él”, remarca. Porque mientras ella va a limpiar oficinas o portales, Sara acude a un centro de terapia ocupacional en el que está hasta las cinco de la tarde. Instituciones –en las que además cada vez es más difícil conseguir plaza– que también están sufriendo de manera directa las medidas de austeridad de las Administraciones, que han reducido, o incluso han dejado de pagar, los fondos destinados a nutrirlas. “Sin estos lugares no sé lo que haríamos muchas mujeres como yo. Por lo pronto, tendría que dejar mi trabajo y además no tendría ningún tipo de descanso, porque la parte del día que Sara no está en el centro la paso con ella”, dice. No sería una mujer con hijos, sería solo madre a tiempo completo.

El 60% de los licenciados son mujeres, aunque lo siguen teniendo más difícil para conseguir su primer empleo
Como lo fue la suya. Porque Mayte pertenece a una generación de españolas que en su juventud tuvo ciertas opciones de dejar atrás la senda del hogar marcada por sus progenitoras o ser protagonistas de los cambios que llegaron con la democracia. Una generación de mujeres que empezó a lanzarse a la universidad, pero en la que acceder a una educación superior no se daba todavía por sentado. En aquella época, para muchas familias enviar a los hijos a hacer una carrera era un lujo. Como en el caso de la valenciana. La necesidad apretaba. Pero aunque cuenta que nunca fue mucho de coger los libros asegura que esa espinita se le ha quedado grabada. “Ahora me arrepiento, aunque sé que para los que han estudiado las cosas tampoco están nada fáciles”, dice.

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Hoy, la vida para las españolas es distinta. El 60% de los licenciados son mujeres, aunque lo siguen teniendo más difícil para conseguir su primer empleo –el paro femenino, además, no deja de aumentar y está ya en el casi en el 23%–. También para escalar a los puestos directivos (en ellos, la presencia femenina apenas llega al 13%) y labrarse una carrera profesional. Sobre todo si tienen hijos. Conciliar vida familiar y laboral es cada vez más difícil. Y en esto tampoco ayudan las políticas de recortes: se ha eliminado el plan para crear guarderías, se han reducido las ayudas para el transporte escolar y se ha incrementado el precio del comedor; hasta llevar una tartera con la comida de casa cuesta dinero en algunas escuelas.

Las españolas tienen su primer hijo, de media, a los 31,5 años. La edad más tardía de Europa
Mayte tuvo a su hija a los 21 años. A esa edad ya trabajaba y se había casado. Hoy, las jóvenes que estrenan la mayoría de edad ni siquiera han salido de casa de sus padres y tienen su primer hijo, de media, a los 31,5 años. La edad más tardía de Europa. También la tasa de natalidad es cada vez más baja. “No me extraña que la gente tenga cada vez menos niños. El trabajo está cada vez más difícil. Y para las mujeres más”, afirma la valenciana. “¿Igualdad? Aquí, en España, desde luego no”, zanja.